Sentirse perdida también es parte del camino

Sentirse perdida también es parte del camino.
No es fácil aceptarlo, no es fácil sentirlo.
A veces se sabe qué paso dar,
pero el miedo detiene y no deja avanzar.

Y aun así, el corazón insiste:
quiero un cambio y vivir de verdad.
Que la vida me despierte y sentirme con suerte.

Dentro de todos habitan dos voces:
la que sueña y la que se esconde.
La que teme no es la verdad,
es sólo el ego queriendo cuidar.

El alma, en cambio, late distinto:
sabe que nació para lo infinito,
para lo nuevo, para lo grande,
para crear, sentir y dejarse llevar por lo que expande.

No se trata de falta de gratitud,
sino de certeza y de actitud.
De que hay caminos que esperan,
horizontes que llaman,
experiencias que invitan
y miedos que engañan.

Se tropieza, se cae, se vuelve a intentar,
eso también es crecer, eso también es avanzar.
La valentía no está en tener todo resuelto,
sino en dar un paso aunque tiemble el cuerpo.

Al final, lo importante no es llegar perfecto,
sino mirar atrás y decir con respeto:
me animé, me arriesgué y lo sentí todo,

Porque la vida no vino a ser guardada,
vino a ser vivida, sentida, arriesgada.
Para atreverse, para creer,
para florecer y renacer.

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